martes, 8 de noviembre de 2011

Contaminación auditiva y convivencia ciudadana

¿Cuándo es necesario regular la forma en que ruidosamente viven los que están a nuestro alrededor? En todo momento y bajo pena de sanción económica o de servicio a la comunidad. Dígame usted si la familia Quezada, esos que viven dos pisos más arriba que usted y su familia, tienen el derecho de reventar su tranquilidad y la de su edificio de 14 pisos, con sus fiestas interdiarias, que no terminan nunca. Entre la música estridente, el bailetón, las risotadas, la cura de la resaca, las innumerables visitas, la provisión de víveres y bebidas, pareciera que estamos hablando de un local de diversión pública y no de una residencia en edificio multifamiliar. Y no hay derecho, primero que nos soben en la cara, que ellos no necesitan trabajar, que tampoco necesitan dormir y, sobre todo, al parecer, que no necesitan nuestro permiso. Existen ordenanzas sobre reuniones en viviendas y locales particulares, sobre el máximo permisivo de decibeles a ciertas horas del día, especialmente en la noche, sobre el número de personas que pueden estar en una determinada área; son claras y específicas y, por lo visto, palo de gallinero para los Quezada, los García, los Gonzáles y todos los desgraciados que nos revientan los tímpanos y la vida. Ya nos parece gracia, que lleguen los serenos, ante una llamada desesperada de alguien que necesita dormir y los susodichos, al escuchar golpes en la puerta, morigeren las risotadas, bajen el volumen del reproductor de sonido y atiendan a los visitantes con cara de por diosito que ya vamos a terminar, es que la abuelita ha dado a luz y estamos celebrando tamaño acontecimiento, perdone usted jefecito. Hecho que se repite cada 2 horas, hasta el cambio de turno de los serenos y cuando se produce la última visita, a las 7 de la mañana, seguramente la escena se repetirá pero usted ya no está para escucharla porque ya tiene que irse a trabajar, en donde por cierto, estará usted cabeceando todo el santo día porque anoche no pudo dormir. Ah, olvidaba mencionar que los Quezada deben ser familia del jefe de Serenazgo.
Todos, hasta los sordos, sabemos que está prohibido el uso de megáfonos, altavoces y la voz aguardentosa de cachineros en la ciudad, a toda hora del día. Pero todos los días y a toda hora nos enteramos que hay unos señores que andan buscando baterías, libros, revistas, fierros, cajas y mil cosas, que seguro se les han perdido. Nos enteramos, fuerte y clarito, que los dos kilos de uva están a cinco soles y que la sandía está jugosísima y la papaya madurita y, todo, oiga usted, en la puerta de nuestras casas y en la cara, bastante estúpida, de la autoridad, esa misma que le pide un par de soles al ambulante, para dejarlo vender sus chompitas, tejidas a crochet por mi mamá para ayudarse con su operación de cirrosis, colabóreme pues. Pero lo peor es que nos enteramos también, a la fuerza y sin remedio, que mañana se presenta el grupo los Cachineros Metálicos de Mendozita en un mano a mano con Los Raperos Incomprendidos de Cárcamo, en el parque principal del distrito, siguiendo con la campaña "cultura a tu alcance" de nuestra gloriosa y babosa municipalidad, o que este fin semana vence el plazo para el pago de los tributos, acérquese usted y cumpla con sus obligaciones municipales. Para completar el cuadro, mencionemos que esta mañana, muy temprano, a las 5:30 am, sintió usted que las profecías sobre el fin del mundo empezaban a cumplirse porque su cama empezó a vibrar y un estallido de sonidos y gritos invadió su resaqueada amanecida, eran los obreros de una sub contratista local descargando sus bártulos, para empezar, a las 6:00 am, en punto, oiga usted, que tenemos que entregar la obra, a torturar pistas y veredas, con tremendas perforadoras que ya las quisiera usted para sacarle la verdad a su hijo adolescente que dice que no sabe quién se ha llevado las joyas de su mamá, ¿acaso me has visto cara de ladrón?
Y qué pasa con los vehículos de Dios, que deben serlo porque de otra forma no se entiende que nadie pueda hacer algo para controlar el caos sonoro que producen, como si abrirse paso entre la maraña de miles de vehículos, para llegar primero a su destino, fuera lo último a lograr antes de morir. Hay bocinas de todo tipo, de toda potencia y manejadas a su libre albedrío por cada energúmeno al volante que dan ganas de cortarles las manos para que ya no la hagan más, aunque seguro lo harían con la frente, por el gusto de hacer la bulla que les encanta. En buena hora que me negaron, mi perfil psicológico no me avaló, la licencia para portar armas, porque un montón de familias de choferes de buses estarían en calidad de deudos, porque docenas de veces he querido balear a los choferes que por mostrarnos la calidad de su prepotente equipo de sonido nos torturan con los peores "temas de actualidad", mientras con cara de estreñidos se aferran al volante para llegar rápido a todas partes. Camina usted cerca de los centros comerciales, mercados, mercadillos, galerías y similares y los griteríos de los jaladores, los vendedores informales, los altavoces desde los segundos pisos lo hacen desear un nuevo incendio, tipo Gamarra, para acabar de una vez por todas y con humo espeso, con este terrible azote urbano de última (de)generación. Las ordenanzas están, se supone que la policía municipal también, ¿Pueden decirme entonces por qué carajo las cosas siguen igual?

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