miércoles, 4 de noviembre de 2015

EXPROPIÁNDONOS LA CIUDAD.


Una verdadera vergüenza lo que está sucediendo en la calle Félix Dibós de Magdalena del Mar, en nuestra cada vez más violentada y asquerosamente encementada ciudad de Lima. Sin consulta vecinal ni aviso previo, la autoridad municipal local está arrasando con las áreas verdes de dicha zona, la razón: “necesidad” de construir un tercer carril para el tránsito vehicular. Se argumenta que la otrora zona residencial de Magdalena del Mar se está convirtiendo en una zona de alto tránsito y para ello se requiere de más ancho de vía para la circulación de su majestad, el vehículo. Además de ser un despropósito urbano, un arboricidio imperdonable y un atropello a los ciudadanos, esta descabellada medida responde a un interés mezquino de preparar el terreno, mediante la aparente solución a la futura necesidad de una creciente carga vehicular, para el inminente cambio de zonificación, que permita la erección de edificios de más de 9 pisos, en una zonificación original de baja densidad, con alturas permitidas de hasta 4 niveles. ¿Cuál podría ser el interés de dicha medida, revestida de modernidad? Pues que existe alguien que está cobrando por entregar indebidas licencias de construcción en zonas en las que jamás debieron permitirse tamaños estropicios. ¿Es esto legal? De ninguna manera. ¿Se debería permitir? NO. ¿Qué hacer? Lo primero sería presentar una masiva denuncia ciudadana ante la opinión pública y mediante una acción de amparo exigir la inmediata paralización de la obra. Pero, además, en este caso concreto, ¿por qué callan los medios de comunicación, otras veces tan locuaces y acusadores?

Lo curioso es que, tampoco, ninguna entidad seria y representativa está opinando al respecto, habiendo tenido que haberlo hecho desde hace rato. Existe un evidente abuso de autoridad, un irrespeto a las propias normas municipales metropolitanas, un atentado al medio ambiente y un avasallamiento a los ciudadanos y sus derechos urbanos. Lo que está haciendo la municipalidad de Magdalena del Mar es expropiar los espacios públicos, destruir las áreas verdes, que por naturaleza son inalienables y degradar la calidad de vida de los habitantes de dicha zona, todo ello con evidentes intereses particulares. ¿Existe un verdadero estudio de impacto vial de la zona que justifique la medida ordenada y ejecutada con inusual violencia? ¿Existe un estudio de impacto ambiental que asegure que el cambiar aire purificado, gracias a los árboles ahora ya no existentes, por ruido y aire contaminado, es lo mejor que le puede pasar a los residentes de dicha zona? No creo. ¿Y entonces? Cabe la pregunta: Si no es a los ciudadanos, ¿a quién carajo pertenece la ciudad? En todo caso, jamás al alcalde y menos a sus amigos, financistas o socios, los inversionistas inmobiliarios.

sábado, 1 de agosto de 2015

Seguridad Ciudadana: Parte 1. ¿Y dónde está el policía?

Lo que sigue a continuación es un recuento de los ataques, robos y asaltos, en sus diferentes modalidades, que he sufrido en forma personal y en los que la constante ha sido la misma: si es que los policías no habían participado en ellas como los malos, brillaron totalmente por su ausencia. Salvo en la primera vez nunca presenté denuncias. ¿Para qué?

Testimonio muy personal: 

Tenía poco tiempo de haber regresado a Chiclayo, hace unos 28 años, con mi esposa limeña y un fin de semana que fuimos con mis padres y hermanas, al fundo que mi familia poseía en Olmos, sufrí mi primera experiencia de rabia e impotencia ante un hecho delictivo. De regreso el domingo por la tarde, de un maravilloso paseo de campo, descubrimos que nos habían vaciado la casa ubicada en el llamado Óvalo de la urbanización residencial Santa Victoria, con ingreso y salida por la puerta principal, cortesía de una útil y probablemente nueva, pata de cabra. Se suponía una zona tranquila, una zona segura, con resguardo policial, luego me enteraría que en los últimos meses la mayoría de nuestros vecinos había sufrido asaltos similares. Los ladrones se tomaron una botella de licor y defecaron en el piso de la sala,  una especie de superstición delictiva para evitar ser capturados, y se llevaron todo lo de valor que encontraron, cuadros y adornos incluidos. Preguntamos a los vecinos y nadie sabía nada, preguntamos por el guardia que nunca faltaba en la esquina y que nos daba cierta confianza y nos dijeron que ese día no había podido ir a cubrir el servicio, por enfermedad. Qué curioso, ¿no? Qué bueno que ustedes no estaban y se pudieron salvar de algo peor, nos dijeron luego en la Comisaría, nos dijeron también que eran bandas de ladrones de Trujillo. Podemos organizar una búsqueda pero tendrían que darnos todo el dinero necesario para movilidad, gastos y estadía en Trujillo. Gracias señor Comiasrio, pero no.

Me asaltaron luego, tres años después, a mano armada en un local comercial que tenía en Chiclayo; me vaciaron la caja registradora, un 24 de Diciembre en la noche, en una juguetería para niños. Con un arma en la sien y con un fuerte golpe de ella en la frente por tratar de ofrecer resistencia, tuve que presenciar cómo se llevaban, además, la más valiosa mercadería de vitrinas y mostradores y le quitaban todo el dinero y objetos de valor a mis clientes que yacían boca abajo tendidos en el piso. Los asaltantes fueron dos, atléticos y de cabello corto ellos, armados ambos, unos desgraciados también. Una semana antes, había recibido la visita del Mayor Comisario, supuesto amigo, para ofrecerme protección de su personal en sus días de franco, obviamente no acepté, con risita cachacienta y, adelantándome a Seguros Rímac, le dije que no se preocupara  por mí, que todo iba a estar bien. Y no pues, nada estuvo bien.  A la media hora de perpetrado el asalto y sin que nadie lo llamara, se presentó el señor Comisario y con la mejor cara compungida que podía, me dijo que lo sentía pero que me lo había advertido y, claro, no creo que quieras presentar la denuncia ¿verdad? No, tienes toda la razón, dije yo, ahogándome con las palabras que, gracias a Dios no dije en ese momento. Muy bien, me alegro de que te hayas salvado de algo que pudo haber sido peor, cuídate y si cambias de parecer  sobre tu protección personal y la de tus negocios, me avisas. Ahí hubo policías en actividad, pero asaltándome. Y lo que había sucedido no era nada más que una muestra del sistema de extorsión policial, un vil pago de cupos que en todas las provincias del país persiste, hasta la fecha.  

Un año después descubro un robo sistemático y valioso en otro de mis locales comerciales, también en Chiclayo; identificado el ladrón hago un trato con él, a pedido de su jovencísima, llorosa y embarazada esposa, convengo en no presentar cargos si me devuelve todo lo robado. La policía, en ese tiempo miembros de la PIP, lo llevan hasta su casa en la caleta Santa Rosa y regresan con él y todo lo robado. Todo en poquísimas horas. Me citan para hacer la devolución en presencia del ladrón y me percato que faltaba mucho más de la mitad de lo sustraido. Lo encaro y le digo que no podré cumplir mi ofrecimiento de no presentar cargos y el muchacho, sin reparo alguno, cuenta con todo detalle cómo en el viaje de regreso los dos oficiales que lo habían acompañado hicieron paradas en sus respectivas casas para descargar la mayor parte del botín. Monto en cólera y sin percatarme de lo que hacía amenazo a los policías, ellos me empujan hacia una oficina, cierran la puerta y me dicen de aquí no sales, para mi suerte un amigo que me había acompañado se percata de lo que estaba sucediendo golpea fuertemente y con gritos la puerta cerrada y una vez que le abren me hace prometer a los señores policías que no diré nada y que todo quedaba ahí, apretón de manos incluido. Salimos rápidamente de ahí, el amigo me mira, me da un apretado abrazo y me dice: no sabes de la que te has salvado. 

Hace 18 años, ya instalados en Lima, en el distrito de Magdalena del Mar, mi esposa y mi hija de 12 años fueron testigos pasivos de un asalto a mano armada en un colegio, que ya no existe, de la avenida Brasil, demolido para dar paso  a unos horondas y estrechísimas torres de departamentos, el día que habían asistido para matricular a mi hija. Tuvieron que echarse al piso de uno de los ambientes mientras los tres delincuentes que habían entrado y cerrado la puerta principal le sacaban hasta el último centavo a la cajera del colegio que ya tenía casi una centena de niñas inscritas, con matrícula pagada. El colegio estaba lleno de gente, casi todas mujeres y niñas, todas agazapadas entre escritorios y carpetas sin poder, ni querer, hace nada. Muchas de las madres fueron directamente amenazadas y les arrancaron joyas y carteras.  El susto fue tremendo, balazos y mentadas de madre incluidos. Mi esposa e hija salieron ilesas pero seguras de que ya no podrían salir solas a la calle. Corrieron hasta la casa, ubicada a dos cuadras, pero a pesar de las llamadas telefónicas que varias mamás ya habían hecho a la policía, no vieron a ninguno.

Hace 14 años, una noche,  regresando de un arduo día de trabajo como funcionario municipal, enternado, con un maletín en la mano, mientras hablaba por mi celular haciendo coordinaciones para el día siguiente y caminando hacia mi casa, en la calle Huamanga de Magdalena del Mar, dos señores, fornidos ellos, de cabello muy corto, bajaron de un auto que se sobre paró junto a mí, me dí cuenta de lo que venía y corrí hacia la reja del condominio, tropecé y los dos me cayeron encima, grité de todo, me defendí lo mejor que pude y solo aflojé cuando escuché que uno de ellos decía: ya métele un plomo; me pusieron un arma en la sien y les arrojé el valioso celular que tenía, hacia la pista. Lo recogieron y se subieron al auto, en el que esperaba un señor bastante mayor que me miraba como diciéndome de la que te salvaste. Y es que no  querían el celular sino subirme al auto, pero la suerte, el excesivo tiempo transcurrido y mis groserías a grito pelado convirtieron un "simple" secuestro al paso en un escándalo de proporciones. Desde el suelo vi cómo se alejaban y a todos mis vecinos en las ventanas y puertas, mirando no más. Allí tampoco hubo policía alguno sino una banda, probablemente conocida y permitida, caserita del distrito, de delincuentes comunes y demasiados ciudadanos indiferentes. 

Doce años atrás cuando iba a visitar al cliente de una empresa en el Callao, a media cuadra del llamado óvalo Salón, al final de la avenida Venezuela, fui interceptado en la berma central por dos fumones que me cogotearon y bolsiquearon a su regalado gusto, mis gritos amenazas o qué se yo, hicieron que solo me sustrajeran un directorio telefónico del bolsillo derecho del pantalón y no los dos celulares que llevaba en los bolsillos del saco, ni el maletín con valiosa información que llevaba en la mano. La avenida era muy ancha y pude observar a grupos de malandrines en cuclillas a ambos lados de la calle. como esperando entrar en acción correlativa a la falla del grupo en acción. Escuché la bocina insistente de un micro casi vacío que sobre paró, se produjo la distracción momentánea de mis asaltantes y de un salto felino del que no sabía que era capaz, subí al micro que me esperaba con la puerta abierta que se cerró detrás de mí y partió raudo. Chofer y cobrador me preguntaron qué hacía allí, cómo andaba así vestido en esa zona y que si estaba loco y, claro: No sabes de la que te salvaste. Alrededor del óvalo había visto, minutos antes, personal de la marina con fusiles haciendo vigilancia y eso me llevó a error, creí que esa vigilancia era suficiente, pero no conté que media cuadra más allá de su ubicación ya no era responsabilidad de ellos. Policías no ví, ni el trayecto de las cinco cuadras siguientes antes de bajarme, agradecido, de la combi y subirme a un taxi de regreso.

Hace 5 años y mientras conversaba con una amigo en la puerta de una sastrería en la calle José Gálvez , también en Magdalena del Mar, me percaté que uno de los dos hombres que iban en una moto que había entrado en sentido contrario al flujo vehicular, saltó al piso,  se avalanzó sobre una señora y luego de forcejear con ella le arrebató su cartera, se subió a la motocicleta que lo esperaba y yo, mientras corría detrás de ellos les iba gritando todo lo que se me ocurría y cuando levanté el brazo para coger del pescuezo al señor que se había subido a la moto, éste saco de la cintura un revólver y me lo puso casi en la frente, bueno dije hasta aquí llegué, pero solo se alejaron sin decir palabra. Ahí tampoco hubo policías, sí una señora muy triste que acababa de cobrar su pensión en el Banco de la Nación que me dijo: Hijito no vuelvas a hacer eso, mira de la que te salvaste y, sí pues, otra vez muchos callados mirones y policías, juro que no ví ninguno. Ni en las siguientes tres cuadras por las que caminé triste y pensativo hacia mi casa.

Hace poco más de tres años, cuando asistí con mi esposa a realizar unas compras a Gamarra, por el lado de la avenida aviación y mientras llevaba dos bolsas grandes, una en cada mano, sentí un empujón y simultáneamente, un tipo me arrebató la bolsa de la mano izquierda, solté la otra y eché a correr detrás del ladrón quien se escapaba por los montículos de desperdicios de la berma central, que ahora ya es un área ocupada por el metro que cruza La Victoria. Mis gritos y amenazas más que mi agilidad, que ya no es la misma, para alcanzar al ladrón, hicieron que éste desistiera de su empeño y soltó la bolsa en su desesperada carrera, cogí la bolsa y regresé donde mi esposa, más preocupado aún porque no me había percatado de que la había dejado sola y expuesta en mi afán de no permitir que se consumara el robo. Al llegar a su lado me percaté también que si el ladrón llegaba hasta la vereda de enfrente de la avenida Aviación, zona sumamente peligrosa hasta ahora, y yo detrás de él probablemente ya no la estaría contando. Tampoco hubo un solo policía y sí mucha gente sorprendida ante mi reacción.  

Hace casi dos años, regresando de Chiclayo. de visitar a mi madre y hermanas, mientras esperaba al bus retrasado de Cruz del Sur, dentro de la agencia y parado con el maletín de mi lap top cruzado en el pecho, el maletín que había llevado con mis efectos personales en una mano y otro maletín, con delicias chiclayanas para llevar a Lima depositado en el piso,  muy junto a mí, entraron dos señores muy bien vestidos y perfumados, uno hablando por celular, que se paró a mi derecha y otro que entró como buscando a alguien, que se paró a mi izquierda; el del celular subió el tono de voz como discutiendo con alguien y mientras todo el mundo lo miraba, incluyéndome a mí, el otro había iniciado su labor. Sigilosamente, sin doblarse, se había agachado y tenía mi maletín en la mano, volteé y bajé la mirada justo en el momento en que se erguía para salir. Le grité que eso era mío y sin más lo depositó en el suelo, yo cogí rápidamente el maletín y ya con todo seguro empecé a gritar a todos los presentes que ese hombre de casaca negra que iba saliendo por la puerta principal era un ladrón que había intentado robarme y que..... Pasó como si nada entre hombres fornidos y mujeres con cara de cuéntame qué pasó por Dios y se perdió en la calle. Tampoco allí hubo policías, ni guachimanes pero sí, otra vez, bastantes ciudadanos indiferentes o cobardes. 

He sufrido, además, otros cinco intentos (fallidos) de robarme el celular mientras caminaba por las calles de Jesús María, Magdalena del Mar y Surco, todos con la misma modalidad: acercarse sigilosamente por detrás de uno y tratar de arrancarte el celular para luego correr y como contorsionista meterse a la volada por la ventana abierta del asiento posterior de un Tico o una Station Wagon en marcha. Mis reacciones rapidísimas, más de rabia que de valor, evitaron los robos. En suma, he sido testigo, no callado por cierto y más grosero que los propios ladrones, de innumerables robos al paso, a personas que me pedían, por favor, que no persiguiera a los ladrones y que me callara por su propio bien y el mío. Pareciera que ya todos se han acostumbrado a este tipo de vida, la reacción defensiva de la víctima no existe entre sus posibilidades y veo, con rabia, la indiferencia de los demás vecinos ante el accionar de los ladrones que se han enseñoreado en nuestras calles. Lo anteriormente narrado, que es totalmente cierto y que responde tan solo a la necesidad de hacer conocer las diferentes modalidades de robo, asalto, extorsión y otras derivadas de ellas, que cada vez son más peligrosas y letales, pretende crear conciencia sobre la necesidad de tomar decisiones y buscar soluciones que las autoridades no se animan a tomar. La seguridad no nos la va a regalar nadie y si no hacemos algo pronto las cosas se van a poner peor. 
Lo que más me molesta y tortura mentalmente es que, en verdad, no veo policías por ninguna parte. Bueno sí, de vez en cuando, parejas de ellos, a tempranas horas del día, en zonas muy concurridas, conversando animadamente o hablando permanente y despreocupadamente por sus celulares personales y por ello y con todo el respeto que se merecen los que pierden el tiempo leyéndome me permito preguntar, ¿En dónde carajo estaban realmente los policías en los precisos momentos en que se les necesitaba y ahora también?   

Concluyo pidiendo que levante la mano aquella persona a la que hayan robado, asaltado, extorsionado, secuestrado, golpeado. Perdón, mejor que levanten la mano aquellos que no han pasado por ésto en algún momento de sus vidas, en alguna de las ciudades del país. Sí pues.... por ahora lo dejamos ahí.

domingo, 26 de julio de 2015

Licencias de Construcción, corrupción y Gestión de Ciudad.

A raíz de los bochornosos enfrentamientos entre las comunas de San Isidro y Magdalena del Mar, por un lío irresuelto, de intereses más que de límites, el alcalde de San Isidro acusó al alcalde de Magdalena del Mar de "formar parte de una organización que se dedica a otorgar licencias ilegales que atentan contra las normas metropolitanas de zonificación e índices de uso". Grave acusación que tiene visos de verosimilitud si nos atenemos a lo que realmente está sucediendo. En la llamada zona en litigio, 42 deseables y tentadoras manzanas, las licencias de construcción que se han negado en la municipalidad de San Isidro, por exceder groseramente los parámetros urbanísticos, han sido otorgadas en la Municipalidad de Magdalena del Mar, para el mismo solicitante, en la misma dirección, sin cambio alguno y sin dudas ni murmuraciones. Dice en su defensa el señor alcalde de Magdalena del Mar, textualmente,  "que la ley 29090, que regula las edificaciones establece que son los representantes del Colegio de Arquitectos, quienes revisan, evalúan y aprueban los expedientes técnicos de construcción. Si ellos dicen que es legal, recién allí podemos entregar las licencias de construcción". Una buena lavada de manos pero no de conciencia, que encierra una directa acusación a los delegados de los Colegios Profesionales. Esto, para no pensar mal, revela al menos un total desconocimiento de la ley, sus reglamentos y modificaciones, por parte del alcalde en cuestión. 

El espíritu de la ley 29090 señala como principal obligación y responsabilidad municipal la de VERIFICAR QUE LOS PROYECTOS CUMPLAN CON LOS PARÁMETROS URBANÍSTICOS Y EDIFICATORIOS. La mencionada ley se ocupa de cuatro (4) diferentes modalidades de solicitud y obtención de licencia de construcción: la modalidad A que se refiere a construcciones de hasta 120 m2; la modalidad B que se refiere a viviendas de hasta 5 pisos o 3,000 m2 de área; la modalidad C que se ocupa de los multifamiliares de más de 5 pisos o 3,000 m2 y la modalidad D, que es la que se refiere a las construcciones industriales, comerciales, locales de espectáculos y otros. Centrémonos entonces en la modalidad "C", que es en la que se están realizando los estropicios y atentados de lesa urbanización. La ley dice que todo el trámite de obtención de licencias de construcción se inicia con la recepción del expediente en la mesa de partes de la municipalidad. Uno de los requisitos indispensables (y concluyentes) para la conformación del expediente mencionado es la presentación del Certificado de Parámetros Urbanísticos, que es otorgado por la propia municipalidad y que no es otra cosa que una hojita que dice claramente que, por ejemplo, la dirección: avenida Pepe el Vivo # 666 de este distrito pertenece a la Zona Residencial de tal Densidad y que lo máximo que se puede construir allí es hasta una altura de 8 pisos y sanseacabó. Por muy ignorante e incapaz que pudiera ser el señor empleado municipal encargado de la recepción, mal podría recibir un expediente que por un lado dice que solo deben ser 8 pisos y los planos del proyecto presentado dicen clara y orgullosamente que los pisos a construir son 14. Supongamos que se le pasó al señor incapaz, bueno pues, la ley dice que hay cinco (5) días de PREVERIFICACIÓN DE REQUISITOS, es decir 40 horas de sacrificado trabajo municipal, tiempo más que suficiente para revisar si lo presentado cumple o no con la normatividad vigente. Entonces en ese momento el área respectiva convoca al solicitante y puede decirle algo así como: ¿qué pasó cuñao? ¿no sabes leer? ¿eres gracioso o qué? Le devuelve todo lo presentado y a otra cosa mariposa. Si por el contrario, todo estuviera en orden y de acuerdo a la norma, entonces recién en ese momento se convoca a la Comisión Técnica de Revisión de Proyectos. O sea, a dicha comisión no puede pasar nada que exceda las normas planteadas y por todos conocidas. Lo curioso, que probablemente también desconoce el señor alcalde de Magdalena del Mar, es que quien preside dicha Comisión Técnica es su propio Gerente de Desarrollo Urbano, sí pues un funcionario suyo, de su entera confianza y que, con toda seguridad, está bien aleccionado de lo que se debe o no hacer en el distrito en aras de no ensuciar el buen nombre del señor alcalde al tratar de hacer pasar gato por liebre. Cabe anotar que la responsabilidad principal de dicho funcionario municipal es la de poner a disposición de la Comisión Técnica, que él mismo preside, toda la información del distrito, las ordenanzas y resoluciones de alcaldía que se ocupen del tema urbanístico y edificatorio, así como de su propio Plan de Desarrollo Urbano, si existiera, incluídos de todos modos, los planos de zonificación, los planos de límites de alturas permitidas, los índices de usos del suelo, entre otros documentos técnicos, para facilitar la evaluación y dictamen del proyecto presentado. La otra responsabilidad del señor funcionario municipal es la de comunicar a las entidades respectivas (colegios profesionales) de ser el caso, las infracciones en que hubieran incurrido sus delegados. No hay forma, por tanto, de que el señor alcalde correspondiente no esté al tanto, al mínimo detalle, de lo que sucede dentro y fuera de dicha Comisión Técnica y de lo que aprueban o deniegan, así como no hay forma, tampoco, de que los señores delegados de tales Comisiones Técnicas reciban para evaluar, proyectos que excedan lo permitido. a no ser claro, en contubernio o asociación ilícita con los funcionarios o autoridades municipales.

Lo que queda claro es que, hasta ahora, ninguna institución, involucrada directa o indirectamente, se ha manifestado al respecto. El deforme crecimiento de la ciudad, acicateado por los intereses muy particulares de algunos constructores y algunas autoridades corruptas, pronto nos pasará la factura a quienes nada tenemos que ver con el asunto, salvo el sufrir sus consecuencias. La, conveniente, inexistencia de planificación, la corrupción millonaria de las licencias indebidamente otorgadas y el degradamiento de nuestra calidad de vida son los únicos parámetros de nuestro actual crecimiento urbano. Humildemente sugiero al Colegio de Arquitectos del Perú, manifestarse sobre el tema y, especialmente, sobre la explícita acusación del señor alcalde de Magdalena del Mar. 



domingo, 19 de abril de 2015

¿Feliz 180° Aniversario? ciudad de Chiclayo.


Hay fechas que son importantes, por celebratorias, conmemorativas, pero además, porque son ideales para enderezar rutas y marcar un nuevo punto de partida hacia el verdadero desarrollo. La ciudad de Chiclayo, a pesar de las atrocidades y robos cometidos en su contra, sigue ahí; con algunas zonas, muy pocas, tratadas con esmero y cuidado y, gran parte, abandonadas a su suerte, cuando no, saqueadas impunemente. Lo que antes fue una hermosa y cálida ciudad, se ha convertido en una urbe desorganizada, sin autoridad ni  nadie, serio y profesional, que se quiera hacer cargo responsablemente. Seguimos echándole la culpa a los que han venido de afuera, pero hasta ahora no hemos hecho nada por integrarlos a nuestros grupos sociales, a nuestra comunidad urbana. Tenemos dos  o tres Chiclayos dentro de nuestra ciudad y, así, no llegamos a ninguna parte. Tal vez, las camionetazas que circulan raudas por las estrechas y cortísimas calles de la ciudad, evitando a los ticos y mototaxis, nos den una idea plena de esas tremendas diferencias que muy pocos aceptan. Una vez escuche decir en Chiclayo: ¿Y qué culpa tengo yo de que los CHOLONES no tengan la plata que yo tengo? Sí, pues, nadie va a querer reconocerlo, pero el principal problema de Chiclayo es socio-económico. Los números no engañan. Si el 5 % de la población se encuentra en la cúspide de la escala de ingresos y un 25 % más, está cerca, entonces tenemos un 70 % que ha de vivir renegando, no solo por las innecesarias demostraciones de riqueza económica y con ello abusos de poder que día a día les restriegan en la cara, sino porque no tiene alternativa de desarrollo y porque se les quiere imponer normas de vida urbana que ellos no consideran importantes. Si no me alcanza para comer qué diablos me puede importar manejar con cuidado mi combi, mi tico o mi mototaxi ¿si así no logro ganarme a los pasajeros? Yo preguntaría, además, ¿qué empresario o concesionario les ha fiado los benditos vehículos? Los señores comerciantes informales que ocupan las calles no son más que ejércitos de comisionistas de fabricantes y grandes distribuidores, que les entregan la mercadería con la condición de que la vendan rápido. Sin embargo, lo peor que le ha pasado a la comunidad chiclayana, en estas últimas décadas, ha sido la corrupción desfachatada, la coima enseñoreada, el diezmo oficializado y, con pena lo digo, la estupidez ciudadana institucionalizada.

Me encantaría equivocarme y verme obligado a pedir perdón, si fuera necesario, pero debo decir que el señor alcalde en ejercicio, David Cornejo Chinguel, no tiene las mínimas condiciones, personales, académicas ni técnicas, para sacar a la ciudad de Chiclayo de este profundo hoyo en que se encuentra. Yo le rogaría, que al menos, no robe, no acepte favores personales y que proponga la formación de un Patronato de Chiclayo para que lo ayude a cumplir con tan seria responsabilidad. Apelo a su buen juicio. No crea en algunos de sus asesores personales, esos que le hicieron creer que usted era el mejor, que precisamente por eso no son nada confiables, porque tal vez están esperando algún descuido de su parte para levantarse importantes cantidades presupuestales.

Pero Chiclayo tiene los mejores recursos naturales, la mejor gastronomía, los mejores y más completos vestigios arqueológicos, que los piuranos y trujillanos miran con recelo y envidia, ¿entonces qué pasó? Nuestro problema es de capital humano en el ejercicio del poder. Lo contradictorio es que Chiclayo cuenta con gente capaz dentro y fuera, con chiclayanos que aman su ciudad y harían cualquier cosa por ella. Pero la política, o en lo que actualmente se ha convertido, les apesta sobremanera. Tiene que haber alguna forma de sentarse a discutir sobre la ciudad, sobre lo que se debe hacer y sobre lo que jamás debería hacerse, pero sobre todo, en qué clase de ciudad queremos dejarle a nuestros hijos.

Un fuerte abrazo para todos mis paisanos, desde lo más profundo de mi ser y con él mis plegarias para que, por fin, empecemos a llamar a las cosas por su nombre y a atacar los problemas en forma directa. FELIZ 180° ANIVERSARIO mi querido Chiclayo.